Algunos conducen, casi chocan, y, después, se gritan.
Yo garabateo números en folios blanquísimos, formato A4, mientras me sobrepasan las fórmulas.
Compruebo el twitter, actualizo el facebook. La gente se torra al sol, lo veo a través de la ventana.
Los mendigos, ya borrachos muy de mañana, sueltan piropos y piden cigarrillos, y se refugian en los soportales.
Los transeúntes huyen como pueden: se atan las chaquetas a la cintura, se recogen el pelo, aumentan la velocidad.
El calor del asfalto se hace patente, el sol brilla de más, el aire se vuelve estático.
Es hora de ir despidiéndose de la ciudad.
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