Ayer me puse a reflexionar sobre la fidelidad. Acto seguido, me dispuse a escribir sobre ella. Me pregunté hasta que punto era posible, y si depende de uno mismo, o es mas bien una consecuencia de lo que uno siente, o de la situación en la que se encuentra. Hasta ahí llegué, después me estanqué. No supe seguir, quizá porque no soy la más experta en el tema. Así que pregunté. Pedí opiniones, y la verdad es que me encontré cosas muy típicas pero seguras, como que la fidelidad es importante, posible, aunque sin embargo la confianza es más importante, que es lo que se espera en una relación; entre otras cosas. Pero más allá de ahí, nadie supo definirla. Yo tampoco sé. Es decir, todos tenemos bastante claro lo que supone la fidelidad, pero, ¿de qué estamos hablando? ¿De un sentimiento? Creo que no. ¿De una... disposición? Vaya lío. Así que nada, como no soy muy de poner etiquetas, lo dejo en el aire.
Hubo una respuesta que me sorprendió, y es que al parecer en algún caso la fidelidad transmitía directamente a su contrario. El tener que ser fiel induce a ser infiel. Por lo que supongo que la fidelidad lleva a una sensación de pánico, y sobretodo, de atadura, de falta de libertad. Es una sensación poco agrdable esa, y estoy segura de que cuando se comienza una relación uno no busca precisamente sensaciones desagradabales. Eso me lleva a otra frase sentenciosa que encontre en otra respuesta: felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace. Y, a pesar de que suena un poco a estado de Tuenti/Facebook si su hablante me permite la crítica, coincide exactamente con lo que yo pienso sobre el tema. Y es que uno es fiel cuando quiere serlo (cosa que también me dijeron), y es ahí cuando debe de empezar la relación. También me aludieron a la infidelidad, diciendo que podía perdonarse cuando no era algo grave, algo que no implicaba más que un desliz de una noche, y no sugería algo mas profundo como el comienzo de una relación paralela.
Así pues, y agradeciendo la colaboración, llegué a un par de conlusiones. Por una parte, confirmé algo que ya pensaba, que no somos fieles por naturaleza, sino que lo que nos lleva a serlo es lo que sentimos, sea amor, amistad, etc. Es que no traicionamos porque no queremos traicionar, nos basta con lo que tenemos y no necesitamos salir en busca de más. Es posible que la fidelidad sea incluso mas egoísta que lo desintersada o altruísta que normalmente se considera. Y, por otro lado, quizá sea la causa de las relaciones y las ataduras, no la que las suponga. Pues uno comienza una relación monógama cuando de verdad quiere dedicar sus atenciones a una sola persona. Cuando el resto deja de tener interés.
No me quedo convencida, para nada. Seguiré dándole vueltas al tema, aunque ya he dicho que no soy la más experta en estabilidad, sino todo lo contrario.
martes, 31 de agosto de 2010
domingo, 29 de agosto de 2010
No lo pienses más
Destesto esa frase. No lo pienses más. O no le des más vueltas, en su defecto. ¿En qué maldito momento piensas en decirle eso a alguien? ¿De verdad piensas que si esa persona pudiera dejar de pensar en el asunto, de comerse la cabeza repasando los hechos y las palabras, seguiría haciéndolo? Pues claro que no. Es evidente que necesita analizar lo sucedido hasta llegar a sus conclusiones, al final. Sé que lo haces por su bien, se que resulta patético. Pero no se lo digas, coño. Tarde o temprano los pensamientos se irán solos, con suerte por donde vinieron. Y, además, de repente. Pero eso ocurrirá cuando esté preparado, no ahora, no cuando tú crees que debería. Entonces, déjalo sufrir. Suele ser la única manera de curarse.
sábado, 28 de agosto de 2010
Dos.
En esta concepción del mundo, en el que ella cierra los ojos y descubre mucho más que si los mantuviera abiertos, si que hay un poco de egoentrismo y cierto toque de sobervia. Por supuesto que se cree mas profunda e inteligente que el resto. Pero es inevitable. Ella sabe que es humana, que se equivoca tanto o más, bueno más quizás no, como el resto, que tiene que ganarse el pan y cortarse el pelo, exactamente igual que los demás. Sin embargo, sabe que hoy en día todos tienen una cierta intención cultural con respecto a si mismos, lo cual no es mas que otro corolario de la posición social, que en este caso tiene su trocito de positividad dada su naturaleza, y ahí es donde entra su diferencia, que ella no lo hace ni por gusto ni por rechazo, sino por naturalidad, por necesidad, por instinto. Se alimenta de pensamientos, de ideas y de impulsos. Se come los libros, las palabras, las letras: vistas, oídas y escritas.
Y se siente fatal, pero no sabe hacer otra cosa. Quiere salir de ahí, pero... a veces no todo es salir o entrar, o quedarse. ¿Quién sabe? ¿Y si no hay nada mas ahí fuera? Si pasan los años y todo sigue siendo igual, enloquecerá. Y sino... bueno, no cree que haya alternativa. No le pueden asegurar nada, y tiene miedo, y necesita libertad, y quien puede dársela es quien se la quita. Cada día vive un sinsentido, y se irá quedando ciega. Total, para lo que hay que ver no le importa demasiado. Demasiado no quiere decir que no importe nada. Y es que tiene la moqueta de color verde, algo significará. Querer escapar no suele ser un buen indicio. La situación ya no se desborda en absoluto, solo merma, cada vez mas, y eso tampoco le importa demasiado. Todo es una contradicción constante, como una enfermedad crónica que la va carcomiendo por dentro. Por mucho que grite todos se han acostumbrado y ya no hay ayuda posible. No es un drama pero tampoco es agradable, ni mucho menos. Y cada vez que ve a otro igual que ella le da lástima. Cierra los ojos y observa, que el tiempo tiene la rabia.
Y se siente fatal, pero no sabe hacer otra cosa. Quiere salir de ahí, pero... a veces no todo es salir o entrar, o quedarse. ¿Quién sabe? ¿Y si no hay nada mas ahí fuera? Si pasan los años y todo sigue siendo igual, enloquecerá. Y sino... bueno, no cree que haya alternativa. No le pueden asegurar nada, y tiene miedo, y necesita libertad, y quien puede dársela es quien se la quita. Cada día vive un sinsentido, y se irá quedando ciega. Total, para lo que hay que ver no le importa demasiado. Demasiado no quiere decir que no importe nada. Y es que tiene la moqueta de color verde, algo significará. Querer escapar no suele ser un buen indicio. La situación ya no se desborda en absoluto, solo merma, cada vez mas, y eso tampoco le importa demasiado. Todo es una contradicción constante, como una enfermedad crónica que la va carcomiendo por dentro. Por mucho que grite todos se han acostumbrado y ya no hay ayuda posible. No es un drama pero tampoco es agradable, ni mucho menos. Y cada vez que ve a otro igual que ella le da lástima. Cierra los ojos y observa, que el tiempo tiene la rabia.
viernes, 27 de agosto de 2010
Salado
Bueno, pues nada, aquí estamos. Cerrando el verano con un agosto con aires de septiembre. Debe ser el tiempo este tan gris y brumoso que hace, que todo el mundo se ha puesto escribir. Que curioso, ¿verdad? Es como esa sensación de que cuando descubres algo, o conoces a alguien, que de repente lo ves en todas partes. ¿Será porqué en realidad nunca te has fijado o realmente ahora ese algo aparece porque tú lo has descubierto? Siempre me lo he preguntado... y siempre pasa, bueno, a mi por lo menos.
Y hablando de descubrimientos, ha aparecido el cine retro. Ha salido una película imitando a las pelis de treceañeros de los 80, estas de aventuras y amores primerizos. ¿Porqué nos gustará tanto volver a atrás? Igual deberíamos plantearnos si nos gusta vivir en nuestra época, y, sino es así, ya podemos empezar a buscar una solución, porque la verdad la situación es algo triste así planteada. Todos buscando la felicidad en nuestro día a día, comprando muebles de diseño y pantalones de colores, y resulta que el problema es el año en que vivimos. En fin, no le doy más vueltas. Hoy no me siento ni dramática ni filosófica, asi que me permito un descanso con esta tonta entrada, que aparentemente no dice nada. Espero que solo sea eso, aparentemente.
Y hablando de descubrimientos, ha aparecido el cine retro. Ha salido una película imitando a las pelis de treceañeros de los 80, estas de aventuras y amores primerizos. ¿Porqué nos gustará tanto volver a atrás? Igual deberíamos plantearnos si nos gusta vivir en nuestra época, y, sino es así, ya podemos empezar a buscar una solución, porque la verdad la situación es algo triste así planteada. Todos buscando la felicidad en nuestro día a día, comprando muebles de diseño y pantalones de colores, y resulta que el problema es el año en que vivimos. En fin, no le doy más vueltas. Hoy no me siento ni dramática ni filosófica, asi que me permito un descanso con esta tonta entrada, que aparentemente no dice nada. Espero que solo sea eso, aparentemente.
miércoles, 25 de agosto de 2010
Habían pasado muchos años desde entonces, pero nunca olvidaría aquellos ojos, claro que no. Recordó las tardes de caricias, las palabras tontas, los besos, las llamadas, las miradas... Lo amenas que se hacían aquellas clases de colegio a su lado, las bromas al respecto de sus compañeros, los pasillos que se terminaban demasiado pronto. Aquella vieja habitación, el nuevo sentido que habían adquirido tantos huecos y calles de la ciudad ¿Cómo iba a olvidar todo aquello? Volver repetidamente a él, creyéndolo la solución a cualquier cosa, a cualquier pequeña desgracia que se arreglaba con una sonrisa nueva. Durante años formó parte de su existencia, de hecho, era quien era gracias a él, en parte, pues había sido el centro de sus experiencias.
Lo que no le vino a la cabeza era todo el dolor, la exasperación y la desesperación causadas por una discusión de lo mas tonta, cuyo origen a estas alturas ya le era completamente desocnocido, y que había acabado con todo aquello. Y después vovler a empezar, y otra vez lo mismo, y recordarlo, y buscarlo, una y otra y otra y otra vez. Pero ese era el lado malo, y se había ido borrando, para dejar todo se párrafo de recuerdos cargados de una empalagosidad casi propia de "Crepúsculo".
Así que lo había conseguido, aquel sencillo sueño suyo de juventud se había cumplido, se alegraba por él. Claro que sí. Durante los últimos años apenas había pensado en él, ni vulto a recordar su simpleza. Pero ahí estaba, con la misma postura entre indiferencia e incredulidad, con aquella sonisa suya que nunca se sabía que quería expresar. Ambos, en el mismo escenario en el que se habían cruzado las primeras palabras, entre los muros de aquel colegio que solía ser el suyo, y que ahora ocupaban sus hijos. En manos de él estaba ahora parte de su educación, era increíble. Ciertamente increible, no casual, de hecho tenía sentido, pero era increíble igualmente. Para ella sí.
Y, ¿qué habría sido de él? Evidentemente al final había podido cursar una carrera, y la que quería además. ¿Habría encontrado a otra? ¿Se había enamorado de verdad? ¿Tendría hijos? ¿Había celebrado una boda hortera y pomposa? O quizás vivía acompañado, o solo. Lo tenía ahí delante, con un montón de niños mirando que sucedía entre aquellos dos adultos que se miraban enfrentados, sin haberse movido un ápice. Lo tenía ahí delante, para responder a todas aquellas preguntas si quería, para preocuparse de como estaba, de como le había ido la vida.
Pero, en cambio, no quería hacer eso. Quería huir, salir corriendo como en aquellas noches, cuando aparecía de repente y acababa con todo su buen juicio, y no tener que enfrentarse a su cariño, al deseo y al tiempo que se había escapado. Porque si se quedaba ahí enfrente, mirándolo, hablando, sonriéndose como dos gilipoyas, no querría irse nunca. Y se había construído una vida, joder. Mucho mas allá de él, mas seria, mas estable, mas fiable. Todo aquello había quedado enterrado en los cimientos de aquellos edificios. Esa historia había acabado, eran mayores, repsonsables, al menos ella. Solo se le ocurrían esas razones tan simples y tan superficiales, ojalá fueran suficientes para sonreir una vez más y desear los buenos días.
Pero no lo fue, él avanzó, ella hizo lo mismo. Otro paso más, un poco tembloroso pero decidido. Y otro, y otro. Los niños comenzaron a jugar. Otro paso. Ni sus hijos les prestaban ya atención. Un paso mas y estarían demasiado cerca. Tarde. Allí estaba. Enfrente.
Y entonces todo se volvió azul, como los ojos de ambos. Y las palabras volaban, y se observaban mutuamente, y se contaban cosas que no les importaban. Y sonreían, y se ruborizaban. Y se alegraban de verse, dijeron. Y en la mirada de él había un te quiero, y en la de ella un no te he olvidado.
Y perdieron la cabeza. Ella olvidó aquellos 20 años de separación y los tres anteriores de sufrimiento, y se centró en el reencuentro. Él olvidó su orgullo y su trabajo, y se centró en aquello que no entendía. Ese mismo día, de nuevo en los pasillos del colegio, escondieron otra historia. Se volvieron locos, el uno por el otro, minuto a minuto, buscando huecos entre los servicios de aquel viejo edificio, de nuevo escenario de su amor, si es que era eso lo que sentían. Destruyeron lo que habían cosntruído, conscientes de ello. Se sintieron rejuvenecer en los brazos del otro.
Cada uno admitió su error horas después. Ella, por unos momentos mantuvo la esperanza de retroceder, de volver a aquella época de instintos, pero había aprendido a no tropezar dos veces con la misma piedra, y casi había fallado. Él, bueno, se mantuvo fiel a su cabezonería y volvió a casa, dejándolo todo como un pequeño altercado y sin permitir asomar a sus sentimientos.
Se vieron día a día. Ella iba a buscar a los niños al colegio, se cruzaban de vez en cuando. Se miraban. A veces él sonreia con aquella enigmática sonrisa cuyo signficado jamás entendería. Otras cruzaban más que palabras. Hubo algún que otro reencuentro. Y, de pronto, hubo un septiembre en el que ella no volvió a aparecer.
Todo había sido una vez más un puñetero error. El puñetero error que les mantendría vivos otros veinte años, hasta que volvieran a encontrarse.
Lo que no le vino a la cabeza era todo el dolor, la exasperación y la desesperación causadas por una discusión de lo mas tonta, cuyo origen a estas alturas ya le era completamente desocnocido, y que había acabado con todo aquello. Y después vovler a empezar, y otra vez lo mismo, y recordarlo, y buscarlo, una y otra y otra y otra vez. Pero ese era el lado malo, y se había ido borrando, para dejar todo se párrafo de recuerdos cargados de una empalagosidad casi propia de "Crepúsculo".
Así que lo había conseguido, aquel sencillo sueño suyo de juventud se había cumplido, se alegraba por él. Claro que sí. Durante los últimos años apenas había pensado en él, ni vulto a recordar su simpleza. Pero ahí estaba, con la misma postura entre indiferencia e incredulidad, con aquella sonisa suya que nunca se sabía que quería expresar. Ambos, en el mismo escenario en el que se habían cruzado las primeras palabras, entre los muros de aquel colegio que solía ser el suyo, y que ahora ocupaban sus hijos. En manos de él estaba ahora parte de su educación, era increíble. Ciertamente increible, no casual, de hecho tenía sentido, pero era increíble igualmente. Para ella sí.
Y, ¿qué habría sido de él? Evidentemente al final había podido cursar una carrera, y la que quería además. ¿Habría encontrado a otra? ¿Se había enamorado de verdad? ¿Tendría hijos? ¿Había celebrado una boda hortera y pomposa? O quizás vivía acompañado, o solo. Lo tenía ahí delante, con un montón de niños mirando que sucedía entre aquellos dos adultos que se miraban enfrentados, sin haberse movido un ápice. Lo tenía ahí delante, para responder a todas aquellas preguntas si quería, para preocuparse de como estaba, de como le había ido la vida.
Pero, en cambio, no quería hacer eso. Quería huir, salir corriendo como en aquellas noches, cuando aparecía de repente y acababa con todo su buen juicio, y no tener que enfrentarse a su cariño, al deseo y al tiempo que se había escapado. Porque si se quedaba ahí enfrente, mirándolo, hablando, sonriéndose como dos gilipoyas, no querría irse nunca. Y se había construído una vida, joder. Mucho mas allá de él, mas seria, mas estable, mas fiable. Todo aquello había quedado enterrado en los cimientos de aquellos edificios. Esa historia había acabado, eran mayores, repsonsables, al menos ella. Solo se le ocurrían esas razones tan simples y tan superficiales, ojalá fueran suficientes para sonreir una vez más y desear los buenos días.
Pero no lo fue, él avanzó, ella hizo lo mismo. Otro paso más, un poco tembloroso pero decidido. Y otro, y otro. Los niños comenzaron a jugar. Otro paso. Ni sus hijos les prestaban ya atención. Un paso mas y estarían demasiado cerca. Tarde. Allí estaba. Enfrente.
Y entonces todo se volvió azul, como los ojos de ambos. Y las palabras volaban, y se observaban mutuamente, y se contaban cosas que no les importaban. Y sonreían, y se ruborizaban. Y se alegraban de verse, dijeron. Y en la mirada de él había un te quiero, y en la de ella un no te he olvidado.
Y perdieron la cabeza. Ella olvidó aquellos 20 años de separación y los tres anteriores de sufrimiento, y se centró en el reencuentro. Él olvidó su orgullo y su trabajo, y se centró en aquello que no entendía. Ese mismo día, de nuevo en los pasillos del colegio, escondieron otra historia. Se volvieron locos, el uno por el otro, minuto a minuto, buscando huecos entre los servicios de aquel viejo edificio, de nuevo escenario de su amor, si es que era eso lo que sentían. Destruyeron lo que habían cosntruído, conscientes de ello. Se sintieron rejuvenecer en los brazos del otro.
Cada uno admitió su error horas después. Ella, por unos momentos mantuvo la esperanza de retroceder, de volver a aquella época de instintos, pero había aprendido a no tropezar dos veces con la misma piedra, y casi había fallado. Él, bueno, se mantuvo fiel a su cabezonería y volvió a casa, dejándolo todo como un pequeño altercado y sin permitir asomar a sus sentimientos.
Se vieron día a día. Ella iba a buscar a los niños al colegio, se cruzaban de vez en cuando. Se miraban. A veces él sonreia con aquella enigmática sonrisa cuyo signficado jamás entendería. Otras cruzaban más que palabras. Hubo algún que otro reencuentro. Y, de pronto, hubo un septiembre en el que ella no volvió a aparecer.
Todo había sido una vez más un puñetero error. El puñetero error que les mantendría vivos otros veinte años, hasta que volvieran a encontrarse.
martes, 24 de agosto de 2010
900 días después
¿Sabes qué me pasa? Acabo de darme cuenta de que no es en absoluto fácil enamorarse. Siempre había creido que la palabra era fuerte y detonante de alguna manera, pero no tanto; no para tanto. Pensé que como a mi me había sucedido en la situación más sencilla y tonta, a todo el mundo le ocurría, o, al menos, podía ocurrirle. Me pareció que estaba sumida en un estado de lo más común, que no banal, que pobre ingenua de mi, que cualquiera había pasado por lo que yo, que cualquiera estaba experimentando esa sensación tan luminosa. Y, no se si afortunadamente, me equivoqué. No era nada sencillo ni nada tonto eso de estar tan, perdón por la redundancia, tonta. Ahora descubro que complementarse es inmensamente improbable. Complicado. Extraño. No es racional que suceda, no es habitual. No encuentro nada de aquello que me llenaba, que me hacía despertarme pronto, salir por las noches, sonreir al ver una foto, esperar una llamada. Creía de verdad que eso formaba parte de la vida, un objetivo. Que yo había elegido, que había decidido lo que sentía, que me había conformado. Y no es verdad. Yo no escogí nada, algo o alguien me escogió a mi. Y yo, engañada, me dejé arrastrar. Como creí que hacían todos. Y de repente algo me frenó. Ahora ya no recuerdo como se andaba.
lunes, 23 de agosto de 2010
Treinta y tres
Ayer me pasó algo curioso volviendo de sufrir el clima ourensano. Compré el billete de autobús, indicaba como suele suceder, un número de asiento asginado. Y, como es normal, al subir al vehículo en cuestión, busqué la dichosa plaza, pero los números no aparecían por ningún lado. Pensé que no sería entonces tan importante, y al no ver a nadie pendiente de lo mismo, me senté donde me dio la gana. Minutos después vi unas pequeñas placas con diminutas cifras debajo del portaequipajes, si es que se llama así. Fijándome bien, me di cuenta de que cada viajero se cercioraba de estar en su sitio. Hice lo mismo y, por casualidades de la vida, me di cuenta de que el número treinta y tres que indicaba mi billete era el mismo que el del asiento donde estaba sentada. Por alguna tonta coincidencia, había elegido exactamente el lugar correcto. Supongo que no significa nada, y la verdad es que no es la primera vez que me pasa algo así. Pero me hizo pensar, y en el momento me sacó una sonrisa.
¿A dónde quiero llegar con esto? La verdad es que a nada en concreto, pero ya que tenía hora y media de trayecto por delante la historieta fue causa de reflexión. Me pregunté cuantas cosas en esta vida eran cuestión de pura suerte, cuantas cosas sucedían por casualidad. Si unos vamos a ser mas desgraciados que otros porque sí; si unos caerán fácilmente en el lugar que ha sido elegido para ellos y otros tendrán que buscarlo, y equivocarse y levantarse un par de veces, e incluso caerse. O quizás no haya asiento para todos. Puede que unos vayan a ser mas felices, o mas afortunados, o mas ingenuos, o mas espabilados, o, que se yo, mas autodidactas, por decir algo. En realidad no se bien que saque de esa anécdota, si es que llegué a algo. Lo que si se, es que me gustó aquel momento. Fue interesante.
¿A dónde quiero llegar con esto? La verdad es que a nada en concreto, pero ya que tenía hora y media de trayecto por delante la historieta fue causa de reflexión. Me pregunté cuantas cosas en esta vida eran cuestión de pura suerte, cuantas cosas sucedían por casualidad. Si unos vamos a ser mas desgraciados que otros porque sí; si unos caerán fácilmente en el lugar que ha sido elegido para ellos y otros tendrán que buscarlo, y equivocarse y levantarse un par de veces, e incluso caerse. O quizás no haya asiento para todos. Puede que unos vayan a ser mas felices, o mas afortunados, o mas ingenuos, o mas espabilados, o, que se yo, mas autodidactas, por decir algo. En realidad no se bien que saque de esa anécdota, si es que llegué a algo. Lo que si se, es que me gustó aquel momento. Fue interesante.
sábado, 21 de agosto de 2010
Y eso
Me preguntó como había ocurrido. Cosas que pasan, le dije.
Me pregunte como había ocurrido. Cosas que pasan.
Me pregunte como había ocurrido. Cosas que pasan.
jueves, 19 de agosto de 2010
Reinterpretando
Hoy volviendo a casa he intentado recordar en que momento comencé a perder el control de lo que hago, de lo que pienso y de lo que digo, en resumen, en que circunstancias perdí el control de mi comportamiento y de mi misma. Cuando dejé de pensar racionalmente, como permití que mil imágenes aparecieran por mi cabeza como un remolino augurando el futuro idílico de turno que jamás se haría realidad. Cuando, en que puñetero momento me volví tan crédula y conformista como para confiar de verdad en que el destino había dejado de torturarme. Supongo que es algo progresivo, un cúmulo de sucesos que uno tras otro me han hecho llegar hasta hoy, hasta el día en que me doi cuenta de que hace mucho tiempo que no pienso de verdad y en absoluto cada decisión que tomo. Creo que ya ni tomo decisiones, me dejo de llevar, como si normalmente la corriente llevase a buen puerto. Y eso que me afectan directamente. Y es que ya no se si me falla alguna clase de instinto... Quizá es que pienso que ya no confío en lo que en realidad más confio. Menuda paradoja. Todos estos argumentos se suelen caer tarde o temprano, y supongo que siempre mantendré la esperanza de que se mantengan firmes y me sujeten. Pero se que habrá una vez más en la que caiga con ellos. Siempre hay una vez más.
miércoles, 18 de agosto de 2010
El comienzo.
Se levanta cada mañana y escruta el mundo, a través de la ventana, con sus ojos color plata. No piensa que ese lugar que la rodea este hecho para ella, sin embargo, tampoco considera abandonarlo porque todavía espera, tonta de ella, poder cambiarlo, amenizarlo todo de tal manera que encaje y se armonice con su cuerpo y su mente. No se da cuenta de que si eso ocurriera por algun capricho absurdo e improbable del destino, la única persona que quedaría acorde al planeta sería ella misma. No se siente sola, porque no es compañía ni amor lo que le falta, pero siente que aun no está completa, que necesita saber y encontrar y mirar más alla y que no tiene a nadie con quien pueda realizar todas esas tareas, que para ella son eso, deberes que se debe a si misma y que, al contrario de lo que ocurre con todos los deberes de la vida, se muere de ganas de llevar a cabo. Su problema es de rápido diagnóstico: no cree que sobre ese suelo que divisa cada amanecer tras lo cristales de su habitación exista quien de ser el acompañante de su existencia, de sus andares y sobretodo, de sus excéntricos, tímidos y enrevesados pensamientos.
Sus actividades cotidianas son eso mismo, no es una bella joven encerrada en el seno de una familia aristócrata y conservadora, ni una hija de un escritor ilustre: tras ella no hay una historia telenovelesca ni de cuento; solo es una simple mujer con complejo de adolescente incomprendida. Y es que es eso lo que parece, una jovencita en contra de la sociedad, cuya filosofía de la vida y la mente solo la llevan a adentrarse cada vez mas en un abismo de trsiteza y confusión alimentando por su propia autocompasión. Puede que quizá se equivoque y no sea tan especial, ni tan inteligente, ni tan espiritual. Pero también puede que no. Es posible, aunque sea una posibilidad muy remota, que su cabeza no funcione como la del resto, que le hayan enseñado conceptos y colores que conciba de modo distinto desde siempre, y que ahora caiga en la cuenta de que el resto de la raza humana no respira si quiera el mismo aire que ella.
Y cuando por fin entiende que en realidad no comprende ni el mas sencillo de los gestos de comprotamiento social, ni la necesidad de un esfuerzo diario y constante para el triunfo vital, ni la implicación de disfrutar de las caricias del sol que supone un día de verano, se asusta. Pero tampoco ha creido jamás, al contrario que todos esos vagabundos que pueblan las oficinas, que el miedo sea motivo de preocupacion ni humillación, y mucho menos, siente la necesidad de enterrarlo. Porque el temor es algo totalmente suyo, no pertenece a nadie mas, por mucho que algunos piensen que lo puedan controlar por el simple hehco de que lo generen, ella decide que hacer con el, si usarlo como herramienta de proteccion, o dejarlo a un lado si lo cree prescindible.
Pero todo eso no viene al caso. Ella solo continua, día tras día, en su mundo, que aparentemente es el tuyo también, aunque sepa que no, auqnue cualquiera pueda darse cuenta con solo mirarla una vez. ¿Y qué hacer entonces? ¿Qué camino tomar? Se siente absolutamente etérea ante cada objeto mundano que roza sus manos, si tiene un buen día, y sino, absolutamente indiferente ante la más maravillosa de las maravillas. Ya no se considera parte de la sociedad, porque ha acabado por no creer en ella. Y no uso la palabra creer con sentido de falta de fe en las personas, si no que, pura y simplemente, le parece un falso invento, algo que no existe ni nunca se hará realidad.
Sus actividades cotidianas son eso mismo, no es una bella joven encerrada en el seno de una familia aristócrata y conservadora, ni una hija de un escritor ilustre: tras ella no hay una historia telenovelesca ni de cuento; solo es una simple mujer con complejo de adolescente incomprendida. Y es que es eso lo que parece, una jovencita en contra de la sociedad, cuya filosofía de la vida y la mente solo la llevan a adentrarse cada vez mas en un abismo de trsiteza y confusión alimentando por su propia autocompasión. Puede que quizá se equivoque y no sea tan especial, ni tan inteligente, ni tan espiritual. Pero también puede que no. Es posible, aunque sea una posibilidad muy remota, que su cabeza no funcione como la del resto, que le hayan enseñado conceptos y colores que conciba de modo distinto desde siempre, y que ahora caiga en la cuenta de que el resto de la raza humana no respira si quiera el mismo aire que ella.
Y cuando por fin entiende que en realidad no comprende ni el mas sencillo de los gestos de comprotamiento social, ni la necesidad de un esfuerzo diario y constante para el triunfo vital, ni la implicación de disfrutar de las caricias del sol que supone un día de verano, se asusta. Pero tampoco ha creido jamás, al contrario que todos esos vagabundos que pueblan las oficinas, que el miedo sea motivo de preocupacion ni humillación, y mucho menos, siente la necesidad de enterrarlo. Porque el temor es algo totalmente suyo, no pertenece a nadie mas, por mucho que algunos piensen que lo puedan controlar por el simple hehco de que lo generen, ella decide que hacer con el, si usarlo como herramienta de proteccion, o dejarlo a un lado si lo cree prescindible.
Pero todo eso no viene al caso. Ella solo continua, día tras día, en su mundo, que aparentemente es el tuyo también, aunque sepa que no, auqnue cualquiera pueda darse cuenta con solo mirarla una vez. ¿Y qué hacer entonces? ¿Qué camino tomar? Se siente absolutamente etérea ante cada objeto mundano que roza sus manos, si tiene un buen día, y sino, absolutamente indiferente ante la más maravillosa de las maravillas. Ya no se considera parte de la sociedad, porque ha acabado por no creer en ella. Y no uso la palabra creer con sentido de falta de fe en las personas, si no que, pura y simplemente, le parece un falso invento, algo que no existe ni nunca se hará realidad.
martes, 17 de agosto de 2010
Hoy
Llevo un buen rato preguntándome como demonios empezar esto. Pero me doi cuenta de que hasta que no entienda bien que es "esto" no podré hacer nada con él. Supongo que sólo es un desértico lugar, por el momento, fruto de una vieja promesa cuyo origen ya no recuerdo, y que irá tomando forma, espero, con el tiempo. Eso creo tenerlo bastante claro. Lo que desconozco es a donde llegará, y, sobretodo, a donde me llevará. Lo mas curioso es que espero mucho de algo que voy construir yo misma, como si estuviera pendiente de que me sorprendiera en cualquier momento. Supongo que solo será el escenario de mis recuerdos, el lugar inexistente de mis delirios hechos trizas con forma de palabra escrita en un arranque de personalidad. Pero, por el momento, voy a pensar en él con un futuro mas abierto. Al fin y al cabo, cuando uno tiene mala suerte y el indeseable destino no está de su parte, tiene que comenzar a andar solo y sin empuje, y a dar los pasos que le permitan seguir caminando hacia delante.
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