martes, 27 de septiembre de 2011

Diecinueve.

Así que se fue. Llevaba una vida ajena, que era la misma en realidad que la de antes, pero se había ido. Planeaba marcharse lejos, a donde fuese y como pudiese, pero mientras no lo lograse se había alejado igual. Nadie entendía bien porque, o como, pero se había ido, vete tu a saber a donde. Hablaba de cansancio, de repetición, de monotonía, la oían decir algo sobre tierras extranjeras, sobre lenguas desconocidas, actividades que antes rechazaba, playas, sol. Estupideces varias, palabrería barata que no la dejaba pensar, de ahí que creyera todo aquello. La vieron cambiar, a mejor, reflexionaba la mayoría; ya no estaba, pero daba igual porque la veían. Suponían que se habría renovado, la gente evoluciona al fin y al cabo, yo que se, el caso es que... bueno, eso, se fue.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Buenos días

Es genial cuando de vez en cuando estás de buen humor, quiero decir, sin más, pasa algo y de repente ¡bum! Todo parece mejor, más sencillo, o más bien la mayor parte de las cosas se vuelven irrelevantes. A mi me acaba de pasar, hubo un detonante y he decidido cambiar, yo, mi vida, mi actitud. Me he cortado el pelo, voy a aprender a dibujar y a conducir decentemente, dejaré de buscar por la noche algo más que música. Voy a ser más tolerante, más independiente, menos impulsiva, espero que menos inconsciente. De repente quiero estar yo y el resto del mundo aparte. No sé como explicar bien todo esto, hay que tomarse las cosas en serio, cumplir lo que se promete, no hacer promesas a lo loco, sí, pero si eso al final no resulta así, lo cual sucederá porque todos cometemos errores, si nadie muere no será tan grave, seguro. No quiere decir que todo tenga solución, pero no es el fin del mundo. Así que tomémonoslo con filosofía.

martes, 20 de septiembre de 2011

Tercero

Últimamente hago algo que antes no sentía la necesidad de hacer. Antes de irme a dormir me tumbo en la cama, con la luz encendida, encima de las sábanas, sin taparme y vestida con la ropa de todo el día. Miro a la pared, y empiezo a tomar conciencia de que ese habitáculo es mi nueva habitación, mi nuevo lugar de escape diario, proque todavía no me he convencido. No pienso en nada en concreto y todo me pasa por la cabeza a la vez; sé que suena poético más que nada, pero es realmente así. Mis pensamientos, o recuerdos, o sentimientos, o la miscelánea que formen o lo que sean, se funden para crear un estado de ánimo que se va formando a lo largo de todo el día hasta ese momento. Por la mañana no me levanto así, es decir, puedo controlarlo, despertarme para hacer algún recado, para ir a la facultad y sentir que estoy encauzando mi vida hacia una meta, o simplemente para estar despierta y moverme y que parezca que sigo formando parte del mundo. Pero cuando llega la noche, cuando supuestamente debería ponerme el pijama, meterme en la cama, cerrar los ojos, darle vueltas a un par de cosas y quedarme dormida, me tumbo así, con la lámpara blanca básica de ikea iluminando la pintura color claro de las paredes, sintiendo que estoy en un ambiente extraño del que no sé como salir, preguntándome que haré al día siguiente para que la jornada no acabe así. Si me sacaré algún día la carrera, si no malgastaré el dinero invertido en la autoescuela, si déjare de analizar el pasado, si escaparé de las trifulcas, gritos y peleas, si volveré a querer a los que me rodean, si desparecerá la tristeza, la culpabilidad y la decepción.
Supongo que más que nada, en ese momento  (que tengo en mi mente todo el día, como si una cámara me grabase y lo proyectase en mis ojos todo el día siguiente, visto desde fuera), tengo intención de dejar toda esa melancolía en ese instante, a la luz, encima de la cama encerrrada en la noche, para recogerla veinticuatro horas después; con la esperanza de que alguna madrugada vuelva y no la encuentre.
No sé si hay una razón, un porque de todo esto. No sé si son los acontecimientos recientes, o algo más pasados, ni siquiera sé que se considera reciente, o puede que sea la vuelta a esta ciudad, o el cambio de casa, o que ya me he acostumbrado a esta vida. Hace poco leí que accostumbrarse es como estar muerto. Quien sabe, quizás he tomado demasiado café, dicen que no es bueno, o fumado demasiados cigarrillos (eso seguro que no es bueno), o sólo sea una depresión postvacacional, o realmente le estoy dando la importancia que tiene a lo que sea que me haya pasado en las últimas semanas. Sólo sé que seguiré tumbándome en la cama hasta que deje de querer hacerlo, o hasta que venga alguien y me levante.

viernes, 16 de septiembre de 2011

La última

Estoy escribiendo desde un lugar que no es mi casa, y es muy poco habitual en mi. Es sólo para decir que la gente encuentra formas de comunicarse, aunque no se vean, aunque no se hablen, aunque no se conozcan incluso.  Porque las personas a veces sienten la necesidad de decir cosas, porque han encontrado una explicación, porque han descubierto lo que les ocurría y ocurre, porque necesitan justificarse, porque se han dado cuenta de que tienen justificación. Yo me he dado cuenta de lo contrario. No tenía justificación, pero sí tengo, y tenía, una explicación, o yo que sé, sí tengo cosas que decir, que le he contado a todo el mundo excepto a la persona a quien debería interesarle. Yo ya sabía que la lógica no siempre es la solución. Y antes creía que si cometías una locura, algo impulsivo dando un giro dramático, todo se arreglaría. Y ahora ya no sé nada y todo me atrapa. Y, durante unos días, creí que sí era posible poner etiquetas blancas o negras, que cada uno tiene un papel definido, sin matices, o bueno o malo. Pero ahora, aunque ese cierre de mente ya se me ha pasado, el problema es que, como decía, ya no sé absolutamente nada. Vivo en la ignorancia, que es como no vivir en nada.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Lo siento

El sol de septiembre ya casi no calienta, pero aún así, sobre las siete de la tarde, hace de mi habitación un horno, porque da al oeste, y tengo que bajar los estores sino quiero ver la dependencia reflejada en la pantalla, y sino quiero también acabar asada. El calor torna un poco el panorama hacia la ansiedad de tarde de domingo, porque por muchas chaquetas que uno se quite parece que no hace mas que amontonarlas encima de la silla, hasta crear una montaña que el lunes, día por antonomasia de limpieza general, haya que ordenar.
Este bochorno incandescente, valga la redundancia, provoca un nerviosismo enervante que acaba derritiendo el tiempo, como si de la cera de una vela se tratase, en forma de preocupaciones de teleserie americana de hora de la siesta castellana. Curiosamente, lo comparo con el préstamo de un botón, porque, ¿quién pide un botón? Y, sobretodo, ¿quién se niega a prestarlo? Roza el absurdo esta cavilación, lo sé. Pero también son un despropósito otros muchos comportamientos habituales, y suceden, uno tras otro, año tras año.
Roza el absurdo negar lo que uno es evidente que es, o negar lo que uno evidentemente piensa, o actuar en contra de ello. Conozco a quien se aferra a algo o mas bien a alguien creyendo que la compañía da valía a sí mismo, para controlar sus emociones en una inversión segura, sin agitación, ni derroche, ni atropellamiento, ni nada. Y, todavía peor, a quien se encierra en una cáscara de maldad, indiferencia y despreocupación, subarrendando al orgullo toda su existencia, falseándose a sí mismo y arrastrando al resto a sus tópicas y rutinarias mentiras. Y, espera, porque existe el otro extremo, quien se tira por el precipicio, sin protección, ni reflexión, ni autocontrol, ni amor propio, mientras deja desquebrajarse a su propio cuerpo, mientras deja que lo inunde la demencia y la paranoia.
Acabo de hacer tres juicios tajantes e inamovibles, pero sin traición, porque de tanto calor ya no soy capaz de esconderlos. Porque de tanto encubrimiento me han dado ganas de pronunciarme. Es un texto autobiográfico.
(También sé que a mi aún me falta pedir perdón.)

viernes, 2 de septiembre de 2011

Curiosidad

En el tren camino de A Coruña, creo que en Catoira, siempre espero levantándome ligeramente del asiento, a ver una casa. Siempre está cerrada a cal y canto, medio abandonada, y como suelo coger ese tren en invierno, pensé que esta vez, todavía agosto, quizás por fin tendría algo de actividad, pero no. La casa es bien grande, más bien un caserón, de esos que se hacía los colonos al venir o volver a Galicia; amarilla con un torreón, de ventanas selladas con contras verdes, todas bien cerradas. Siempre. En el centro del jardín del lado derecho de la casa, hay una piscina que debe de tener bien cuarenta años, de las pocas que habría en la época, con forma de riñón, lo que la hace más curiosa todavía, gres de color azul oscuro, un borde imponente de piedra ya negruzca. Este pequeño lago es lo que me llamó la atención la primera vez, es atrayente y terrorífica, y puede que lo que le de tanta valía sea el agua sucia, verde a lo largo de todo el año, un viejo trampolín de estructura metálica oxidada, con dos alturas, todo rodeado de árboles frondosos que ocultan tanto la piscina como parte de la casa. El jardín se extiende al otro lado durante muchos metros, y está seco y vacío, a excepción de unos columpios tan fuera de uso ya como el trampolín.