miércoles, 18 de agosto de 2010

El comienzo.

Se levanta cada mañana y escruta el mundo, a través de la ventana, con sus ojos color plata. No piensa que ese lugar que la rodea este hecho para ella, sin embargo, tampoco considera abandonarlo porque todavía espera, tonta de ella, poder cambiarlo, amenizarlo todo de tal manera que encaje y se armonice con su cuerpo y su mente. No se da cuenta de que si eso ocurriera por algun capricho absurdo e improbable del destino, la única persona que quedaría acorde al planeta sería ella misma. No se siente sola, porque no es compañía ni amor lo que le falta, pero siente que aun no está completa, que necesita saber y encontrar y mirar más alla y que no tiene a nadie con quien pueda realizar todas esas tareas, que para ella son eso, deberes que se debe a si misma y que, al contrario de lo que ocurre con todos los deberes de la vida, se muere de ganas de llevar a cabo. Su problema es de rápido diagnóstico: no cree que sobre ese suelo que divisa cada amanecer tras lo cristales de su habitación exista quien de ser el acompañante de su existencia, de sus andares y sobretodo, de sus excéntricos, tímidos y enrevesados pensamientos.
Sus actividades cotidianas son eso mismo, no es una bella joven encerrada en el seno de una familia aristócrata y conservadora, ni una hija de un escritor ilustre: tras ella no hay una historia telenovelesca ni de cuento; solo es una simple mujer con complejo de adolescente incomprendida. Y es que es eso lo que parece, una jovencita en contra de la sociedad, cuya filosofía de la vida y la mente solo la llevan a adentrarse cada vez mas en un abismo de trsiteza y confusión alimentando por su propia autocompasión. Puede que quizá se equivoque y no sea tan especial, ni tan inteligente, ni tan espiritual. Pero también puede que no. Es posible, aunque sea una posibilidad muy remota, que su cabeza no funcione como la del resto, que le hayan enseñado conceptos y colores que conciba de modo distinto desde siempre, y que ahora caiga en la cuenta de que el resto de la raza humana no respira si quiera el mismo aire que ella.
Y cuando por fin entiende que en realidad no comprende ni el mas sencillo de los gestos de comprotamiento social, ni la necesidad de un esfuerzo diario y constante para el triunfo vital, ni la implicación de disfrutar de las caricias del sol que supone un día de verano, se asusta. Pero tampoco ha creido jamás, al contrario que todos esos vagabundos que pueblan las oficinas, que el miedo sea motivo de preocupacion ni humillación, y mucho menos, siente la necesidad de enterrarlo. Porque el temor es algo totalmente suyo, no pertenece a nadie mas, por mucho que algunos piensen que lo puedan controlar por el simple hehco de que lo generen, ella decide que hacer con el, si usarlo como herramienta de proteccion, o dejarlo a un lado si lo cree prescindible.
Pero todo eso no viene al caso. Ella solo continua, día tras día, en su mundo, que aparentemente es el tuyo también, aunque sepa que no, auqnue cualquiera pueda darse cuenta con solo mirarla una vez. ¿Y qué hacer entonces? ¿Qué camino tomar? Se siente absolutamente etérea ante cada objeto mundano que roza sus manos, si tiene un buen día, y sino, absolutamente indiferente ante la más maravillosa de las maravillas. Ya no se considera parte de la sociedad, porque ha acabado por no creer en ella. Y no uso la palabra creer con sentido de falta de fe en las personas, si no que, pura y simplemente, le parece un falso invento, algo que no existe ni nunca se hará realidad.

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