Lo que no le vino a la cabeza era todo el dolor, la exasperación y la desesperación causadas por una discusión de lo mas tonta, cuyo origen a estas alturas ya le era completamente desocnocido, y que había acabado con todo aquello. Y después vovler a empezar, y otra vez lo mismo, y recordarlo, y buscarlo, una y otra y otra y otra vez. Pero ese era el lado malo, y se había ido borrando, para dejar todo se párrafo de recuerdos cargados de una empalagosidad casi propia de "Crepúsculo".
Así que lo había conseguido, aquel sencillo sueño suyo de juventud se había cumplido, se alegraba por él. Claro que sí. Durante los últimos años apenas había pensado en él, ni vulto a recordar su simpleza. Pero ahí estaba, con la misma postura entre indiferencia e incredulidad, con aquella sonisa suya que nunca se sabía que quería expresar. Ambos, en el mismo escenario en el que se habían cruzado las primeras palabras, entre los muros de aquel colegio que solía ser el suyo, y que ahora ocupaban sus hijos. En manos de él estaba ahora parte de su educación, era increíble. Ciertamente increible, no casual, de hecho tenía sentido, pero era increíble igualmente. Para ella sí.
Y, ¿qué habría sido de él? Evidentemente al final había podido cursar una carrera, y la que quería además. ¿Habría encontrado a otra? ¿Se había enamorado de verdad? ¿Tendría hijos? ¿Había celebrado una boda hortera y pomposa? O quizás vivía acompañado, o solo. Lo tenía ahí delante, con un montón de niños mirando que sucedía entre aquellos dos adultos que se miraban enfrentados, sin haberse movido un ápice. Lo tenía ahí delante, para responder a todas aquellas preguntas si quería, para preocuparse de como estaba, de como le había ido la vida.
Pero, en cambio, no quería hacer eso. Quería huir, salir corriendo como en aquellas noches, cuando aparecía de repente y acababa con todo su buen juicio, y no tener que enfrentarse a su cariño, al deseo y al tiempo que se había escapado. Porque si se quedaba ahí enfrente, mirándolo, hablando, sonriéndose como dos gilipoyas, no querría irse nunca. Y se había construído una vida, joder. Mucho mas allá de él, mas seria, mas estable, mas fiable. Todo aquello había quedado enterrado en los cimientos de aquellos edificios. Esa historia había acabado, eran mayores, repsonsables, al menos ella. Solo se le ocurrían esas razones tan simples y tan superficiales, ojalá fueran suficientes para sonreir una vez más y desear los buenos días.
Pero no lo fue, él avanzó, ella hizo lo mismo. Otro paso más, un poco tembloroso pero decidido. Y otro, y otro. Los niños comenzaron a jugar. Otro paso. Ni sus hijos les prestaban ya atención. Un paso mas y estarían demasiado cerca. Tarde. Allí estaba. Enfrente.
Y entonces todo se volvió azul, como los ojos de ambos. Y las palabras volaban, y se observaban mutuamente, y se contaban cosas que no les importaban. Y sonreían, y se ruborizaban. Y se alegraban de verse, dijeron. Y en la mirada de él había un te quiero, y en la de ella un no te he olvidado.
Y perdieron la cabeza. Ella olvidó aquellos 20 años de separación y los tres anteriores de sufrimiento, y se centró en el reencuentro. Él olvidó su orgullo y su trabajo, y se centró en aquello que no entendía. Ese mismo día, de nuevo en los pasillos del colegio, escondieron otra historia. Se volvieron locos, el uno por el otro, minuto a minuto, buscando huecos entre los servicios de aquel viejo edificio, de nuevo escenario de su amor, si es que era eso lo que sentían. Destruyeron lo que habían cosntruído, conscientes de ello. Se sintieron rejuvenecer en los brazos del otro.
Cada uno admitió su error horas después. Ella, por unos momentos mantuvo la esperanza de retroceder, de volver a aquella época de instintos, pero había aprendido a no tropezar dos veces con la misma piedra, y casi había fallado. Él, bueno, se mantuvo fiel a su cabezonería y volvió a casa, dejándolo todo como un pequeño altercado y sin permitir asomar a sus sentimientos.
Se vieron día a día. Ella iba a buscar a los niños al colegio, se cruzaban de vez en cuando. Se miraban. A veces él sonreia con aquella enigmática sonrisa cuyo signficado jamás entendería. Otras cruzaban más que palabras. Hubo algún que otro reencuentro. Y, de pronto, hubo un septiembre en el que ella no volvió a aparecer.
Todo había sido una vez más un puñetero error. El puñetero error que les mantendría vivos otros veinte años, hasta que volvieran a encontrarse.
Q plastorra! me encanta! dale ahi irisarri vuelvetenos telenovelera, sin duda tienes futuro
ResponderEliminarjajajajajajajaja la hsitoria nacio en un supermercado, y la idea principal no es mia! jajajaja
ResponderEliminarIsiarte telenovelera, me uno!
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