martes, 22 de febrero de 2011

Trece

Recuerdo perfectamente clavar mis ojos en los suyos, como un mar embravecido que se contrastaba con el apetecible océano del verano. Miradas eternas que con cualquier otro hubieran resultado o bien incómodas o bien obscenas. Mi mente compara ese azul tan conocido con otros colores más de tierra, más de musgo; y, más rápida que cualquier salto entre fotogramas, pasa a dibujar un momento que no sabe si existió o sólo imaginó, un cruce de miradas infinitamente más tímido y unos labios que se entreabren haciendo lo que se espera de ellos, produciendo un beso ávido y que bien podría ser en technicolor, generando un momento de falsa intimidad y deseo que se esconde tras las puertas de lo que pienso que sería la decencia o lo correcto.
Las dos escenas, cortas y no se sabe si carentes de significado o no, se contraponen, y los cuentos y las películas y los libros que sólo hablan de amor, verdadero y excepcional, sin repetición, le vienen a la mente. Intenta descifrar la verdad, el significado de ambos momentos verdaderamente intensos, más que cualquier otra cosa que hayan podido ser, clavándose las uñas, pasando noches de insomnio intentando buscar bajo las sombras de la noche, momento en que ambas ocurrieron, la razón, los sentimientos, sin darse cuenta del anhelo de amor que corre por sus venas, o eso piensa ella, y sin embargo ella no quiere querer, solo quiere que la quieran. Quiere morir sobre un pedestal construido por otro, y no sabe si le importa de donde procedan sus ojos, no sabe si quiera si le importa sentir el peso de su cuerpo sobre el suyo, si necesita acariciar en compañía las sábanas de una vida colmada de entrecruces intensos de miradas, de escenas de películas rodadas mil veces con protagonistas suicidas.
La ventana lleva abierta todo el día, y el aire sigue igual que por la mañana. No hay metáforas, no hay significados ocultos, se dice. Sólo hay instantes memorables, sólo hay personas importantes. Ella, que solía caminar enamorada, que solía emocionarse más que nadie por una sonrisa infantil, por un comentario de adolescente hormonado. Ella, que acabo por pensar que estaba loca, y lo agradecía a cualquiera que pudiera estar mirándola, daba gracias por conocer lo que su ingenuidad le hacía creer que nadie más había vivido. Ella, que se contradecía cada día que creía que nunca más volvería a sentir el éxtasis de la adoración.
Ella seguirá recordando aquel momento de mares mezclándose, de palabras repetidas, de situaciones olvidadas en las que ya sólo queda lo bueno. Y lo seguirá haciendo porque aunque ya no haya devoción ni mutua ni personal, siempre rememorará esa sensación que muchos todavía no han vivido, quizá para su fortuna, y la comparará con cada pedazo de futuro hasta que se odie tanto por hacerlo que acabe con su propio aliento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario