Y allí estaba yo, pensando en la ironía de la situación, y en como cuantos nos torcíamos y retorcíamos entre nosotros; nos pisoteábamos y enfadábamos, reprochándonos sandeces. Pero aunque fuese verdad, no me importó. No me importó nada. Me di cuenta, por primera vez creo, de lo divertida que podía ser la vida. Siempre y cuando yo quisiera que lo fuera. Y seguí bailando.
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