martes, 30 de noviembre de 2010
Diez.
Escondida detrás de la cama; el té, rojo y caliente, está preparado, el cigarrillo echa humo, y fuera los campos se congelan y todo se vuelve un poco gris bonito. Piensa en lo cómodo del día cuando se acaba, y recurre a la música un rato largo, bebe un sorbo de té. Aspira el aire, que es una mezcla de adicción y poemas, que le hacen recordar que todos los años pasa lo mismo, pero que a ella siempre se le olvida. Se recoge un poco, de ese modo en que algunos se recuestan cuando están a gusto, como volviendo a lo que cada día se vuelve más lejano. Deja la mezcla de sonidos, tinta y vicios habituales, para cerrar los ojos y hacer balance; cae en la cuenta de que al final el tema es la espiral de siempre. Maravillada y atónita por la conclusión, sonríe y se alegra, porque después a todos nos pasa igual con eso de las cosas cuando se vuelven sencillas. Aparece algún fantasma que sugiere que la simpleza no justifica nada de nada, pero escondidas detrás de la cama hay una taza vacía y una colilla más, y la jornada se acaba en demasiados sentidos. Fuera el aire es cada vez más frío y la tierra sucumbe a la lluvia.
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