Estaba allí, desde la esquina, observándolo todo, como si fuese la clase de persona que observando juzgara y juzgara observando, como quienes se visten de colores o van con el pelo rizado, para demostrar vete tu a saber el que. Pensando en perspectivas, odiando ver desde fuera lo que se siente desde dentro. Rodea los amores nocturnos, como si fuera lícito llamarlos así, tomando conciencia de lo primitivo de la situación.
Y de repente, ¡hecatombe! anda que ella era no así, que no, que el tiempo le pasa distinto y la gente la mira de otro modo. Mira que, vayas mentiras más burdas y que comportamiento más anodino, fíjate que todos nacimos de lo mismo, y a todos se nos aplica de la misma manera.
Todos los coches rojos, los vestidos blancos, las canciones alternativas, las películas intimistas, los clavos ardiendo, todos los pubs retro de la esquina y los de los sofás raídos, los que cantan, los que pintan, dibujan escriben y saltan; todos lo mismo. Reflejo tras reflejo de lo que quieren ser y no son, de lo que son y quieren ser, de lo que siempre fueron y ahora ya no quieren ser. Ocultando los viejos hábitos para que en un descuido caiga cada cambio imperativo.
Y nada, que desde la esquina se ve cada mota de polvo, y la luz no engaña, ni siquiera la distancia. Y el pánico de saber demasiado o quizás entonces ya no saber nada, porque que haces cuando la falsedad no está escondida y conocer lleva a lugares inhóspitos y tétricos.
Cuando escribes lo que te da la real gana, y los demás con miramientos lo rechazan porque se rizan el pelo y se visten de colores, cuando miras, actúas, ríes y mientes como aprendiste desde ahí, desde la esquina al ver que todo es como es y que las apariencias en realidad no engañan, porque el engaño es cosa de locos con complejos de loco encerrado.
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