martes, 20 de septiembre de 2011

Tercero

Últimamente hago algo que antes no sentía la necesidad de hacer. Antes de irme a dormir me tumbo en la cama, con la luz encendida, encima de las sábanas, sin taparme y vestida con la ropa de todo el día. Miro a la pared, y empiezo a tomar conciencia de que ese habitáculo es mi nueva habitación, mi nuevo lugar de escape diario, proque todavía no me he convencido. No pienso en nada en concreto y todo me pasa por la cabeza a la vez; sé que suena poético más que nada, pero es realmente así. Mis pensamientos, o recuerdos, o sentimientos, o la miscelánea que formen o lo que sean, se funden para crear un estado de ánimo que se va formando a lo largo de todo el día hasta ese momento. Por la mañana no me levanto así, es decir, puedo controlarlo, despertarme para hacer algún recado, para ir a la facultad y sentir que estoy encauzando mi vida hacia una meta, o simplemente para estar despierta y moverme y que parezca que sigo formando parte del mundo. Pero cuando llega la noche, cuando supuestamente debería ponerme el pijama, meterme en la cama, cerrar los ojos, darle vueltas a un par de cosas y quedarme dormida, me tumbo así, con la lámpara blanca básica de ikea iluminando la pintura color claro de las paredes, sintiendo que estoy en un ambiente extraño del que no sé como salir, preguntándome que haré al día siguiente para que la jornada no acabe así. Si me sacaré algún día la carrera, si no malgastaré el dinero invertido en la autoescuela, si déjare de analizar el pasado, si escaparé de las trifulcas, gritos y peleas, si volveré a querer a los que me rodean, si desparecerá la tristeza, la culpabilidad y la decepción.
Supongo que más que nada, en ese momento  (que tengo en mi mente todo el día, como si una cámara me grabase y lo proyectase en mis ojos todo el día siguiente, visto desde fuera), tengo intención de dejar toda esa melancolía en ese instante, a la luz, encima de la cama encerrrada en la noche, para recogerla veinticuatro horas después; con la esperanza de que alguna madrugada vuelva y no la encuentre.
No sé si hay una razón, un porque de todo esto. No sé si son los acontecimientos recientes, o algo más pasados, ni siquiera sé que se considera reciente, o puede que sea la vuelta a esta ciudad, o el cambio de casa, o que ya me he acostumbrado a esta vida. Hace poco leí que accostumbrarse es como estar muerto. Quien sabe, quizás he tomado demasiado café, dicen que no es bueno, o fumado demasiados cigarrillos (eso seguro que no es bueno), o sólo sea una depresión postvacacional, o realmente le estoy dando la importancia que tiene a lo que sea que me haya pasado en las últimas semanas. Sólo sé que seguiré tumbándome en la cama hasta que deje de querer hacerlo, o hasta que venga alguien y me levante.

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