viernes, 2 de septiembre de 2011

Curiosidad

En el tren camino de A Coruña, creo que en Catoira, siempre espero levantándome ligeramente del asiento, a ver una casa. Siempre está cerrada a cal y canto, medio abandonada, y como suelo coger ese tren en invierno, pensé que esta vez, todavía agosto, quizás por fin tendría algo de actividad, pero no. La casa es bien grande, más bien un caserón, de esos que se hacía los colonos al venir o volver a Galicia; amarilla con un torreón, de ventanas selladas con contras verdes, todas bien cerradas. Siempre. En el centro del jardín del lado derecho de la casa, hay una piscina que debe de tener bien cuarenta años, de las pocas que habría en la época, con forma de riñón, lo que la hace más curiosa todavía, gres de color azul oscuro, un borde imponente de piedra ya negruzca. Este pequeño lago es lo que me llamó la atención la primera vez, es atrayente y terrorífica, y puede que lo que le de tanta valía sea el agua sucia, verde a lo largo de todo el año, un viejo trampolín de estructura metálica oxidada, con dos alturas, todo rodeado de árboles frondosos que ocultan tanto la piscina como parte de la casa. El jardín se extiende al otro lado durante muchos metros, y está seco y vacío, a excepción de unos columpios tan fuera de uso ya como el trampolín.

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