sábado, 9 de abril de 2011

Siempre te he querido mucho, hemos tenido una relación que pocos han entendido, nos hemos escuchado durante años, horas. Compartido comidas, libros, críticas, y desahogos de frustración descatalogada. Representando tópicos y más tópicos, a la vez atípicos, espaciales. Esa es la palabra; siempre nos hemos creído especiales, siempre lo hemos sido. 
Y ha llegado un momento en que todo se borra, en que la mayor parte de la gente crece, cambia, encuentra, experimenta, dibuja y cambia el acento al hablar. Y nosotras también lo hemos hecho, quizá eso indique que no eramos tan especiales. Pero aún así, todavía me creo que haya habido algo de especialidad en nosotras, porque aunque ciertas cosas se han ido por el desagüe, o, si quieres, se han trasladado al norte o al centro de la península, en cierta media nos hemos mantenido a flote. Sabemos diariamente lo que ocurre en nuestras respectivas vidas, lo analizamos, lo compartimos. Conocemos a quien nos conoce, conocemos a quienes queremos. Hemos aceptado, bien o mal, casi todo lo que estos últimos dos años nos han supuesto a cada una, y 500 kilómetros de distancia, facultades en contraste, amigos incompatibles, lugares opuestos y todo lo que diferencia ambas vidas todavía no habían logrado acabar con esto. 
Pero hace un par de semanas decidiste ponerte en peligro, y lo digo así porque es cierto, e igual estoy mucho más chapada a la antigua de lo que creía, o quizás más bien sea desconfiada o mucho más consciente de lo que hasta ahora me consideraba (y vaya decepción, por cierto). Y decidiste también no escucharme, a mi, Ana Irisarri, dueña de absolutamente todos tus secretos tus fallos tus logros tus virtudes y tus defectos, a mi, dueña también parcial de nuestra amistad (si es que podemos llamarla así), dueña de toda esta cursilada concentrada e inevitable que significa todo el cariño y la atención de estos últimos años, mutua pero descompensada. Y en el momento en el que tú, aún sabiendo que tengo el mayor porcentaje de razón que se puede tener en un caso como este, decidiste -otra vez- que yo no era quien, o quizás no tenía la suficiente importancia como para que mis palabras fueran escuchadas y sopesadas con un criterio objetivo, hundiste casi todo en lo que yo creía hasta el momento. Y de todas formas, no es eso, lo que pase ahora conmigo y contigo, lo que mas me preocupa. Sino que sigo, y seguiré, preocupándome por tu estado y tu futuro, por tu seguridad y tu salud, por lo que puedas llegar a hacer, y lo que es peor, lo que puedas llegar a permitir. No entiendes posiblemente todavía el miedo o la angustia que se siente cuando ves algo totalmente ilógico y que anuncia el desastre a punto de llegar a producirse, siendo la víctima además quien le abre las puertas a tal desenlace. Y quizás tu puedas, o quizás no lo sepas, o quizás tenga suerte  y no ocurra, pero yo no puedo, y no me lo permite absolutamente nada, quedarme a verlo.
Y sería mucho mas sencillo decirle ¡Hola!, bienvenido a mi vida, pero luego no me dejaras escupirle, y yo, francamente, no me puedo perder un momento que vale tanto. Y además, siempre me gustó complicarme la vida, ¿y sabes por qué? Porque todavía no he llegado a ese mundo paralelo en que las cosas que me importan me son indiferentes. Por lo tanto, no me pidas indiferencia. Y quedarme aquí, allí, donde sea, supone indiferencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario