Abrió el cajón, y le sobrevino un hedor realmente putrefacto; olía entre petróleo y pasta de dientes, con un fondo de goma quemada. Resulta que venía de un líquido blanco, que no tenía ni idea de que era y como había llegado allí, era como un pegamento o un adhesivo de estos de montaje que aparecen en los programas de bricolaje. Fue desagradable, sí, pero vamos, el asco le duró alrededor de un minuto, y después se olvidó, porque que mas daba.
Luego se moría de hambre, suponía que debía ser ansiedad, y se atiborraba a helado y películas pretenciosas, cocinaba a las 2 de la mañana y luego se iba a dormir. Poco a poco dejó de recordar lo que eran las mañanas, poque ya no las vivía nunca. El sol la fastidiaba porque no entendía el calor cuando no estaba predicho, y la oscuridad la de las persianas la llenaba de tal forma que era incapaz de levantar los párpados hasta las 2 de la tarde. Estaba permanentemente cansada de nada, llámalo hastío si quieres, insatisfacción, yo que se lo que le pasaba. Cambiaba de opinión cada 14 horas, entre el momento de la ducha mañanera y las vueltas que daba en la cama durante un par de horas antes de conciliar el sueño. Toda su valentía se había evaporado con el tiempo y los fracasos, y ahora era cobarde, cobarde a morir. Y para colmo, todo salía al revés, provocaba lo que no quería que sucediese bajo ningún concepto, por incómodo, imposible y porque no le gustaba, y lo que realmente quería que ocurriera de una maldita vez quedaba cada vez más lejos y sonaba cada vez mas absurdo, hasta que terminó creyendo ella misma que de verdad, físicamente, estaba en la otra punta del mundo.
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