Salió de casa con la cabeza hecha un lío, llevaba así varios días, tirada en la cama sin saber bien que decirse a sí misma. Había quedado hacía diez minutos, y ella no solía llegar tarde a ninguna parte, porque la agobiaba esperar y siempre había tenido empatía. El paso era rápido y decidido, y cualquiera que la mirara desde fuera la vería fuerte y segura, con vida sólida y estable, dinero y estudios, novio y compromiso, vacaciones y sol. Bajaba por aquella calle tan mítica, el mar de fondo, franqueado por dos hileras de edificios con presencia, decimonónicos; adolescentes publicaban sus conversaciones a un par de tonos por encima de la media, jubiladas cargaban bolsas de plástico no biodegradables, amigos se encontraban. Había elegido con calma la ropa que llevaba, sus ojos se destacaban por una sutil línea negra, el pelo se movía muy lentamente con cada movimiento. De pronto se dio cuenta de que estaba haciendo exactamente lo mismo que ocurre en este texto, describía todo lo que veía, dejaba que el viento se colase por donde pudiera y le dijera lo que se podía percibir alrededor.
Luego intercambio besos y nombres, todo va bien, o mas o menos. Mas o menos. Mas o menos se le olvidó cada ramita del árbol, mas o menos se relajó, mas o menos se rió, sonrío, disfruto del paisaje predecible desde lo alto de la azotea de aquel pretencioso edificio de acero negro, que por cierto, alguien debería tirarlo. Encendió un cigarro, se evadió de los grititos de alrededor. Alguien la miraba de esa forma en que nos miran quienes nos conocen y nos quieren, asombrado, desaprobador y divertido a la vez, nunca cambiaría esa cara cuando la veían fumar, pasasen los años que pasasen. Se apoyó en la barandilla y luego llegó más gente, y apagó el cigarro casi acabado, y empezó a llover, y las gotas caían amablemente pidiendo que se marcharan. Volvió a casa y su cabeza estaba hecha un lío.
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