jueves, 30 de diciembre de 2010
Érase una vez...
A veces recuerdo historias. Buenos amigos que he tenido, a quienes me he cargado (una vez mas, no se si esa es la palabra correcta), no literalmente, sino a quienes he malinterpretado, supongo. Y me entristece, y los echo de menos. Quizás confundo unas cosas con otras, a la mierda, no quiero ser sutil, igual confundo sentimientos con otros, o relaciones, tipos de relaciones. Es curioso como soy capaz de construir muros de la nada y de repente, como me obceco en echar a gente de mi vida porque no son, porque no quieren ser lo que yo he imaginado que serían. Ojalá fuéramos sinceros hasta la saciedad, pero me duele decir que entonces no habría sobreactuaciones y esas amistades posiblemente jamás habrían existido. Tengo la teoría de que la cuestión es bien simple, y que a veces uno tiene que levantarse un poquito la autoestima con alguien, y eso es todo. Pero en algunas ocasiones no merece la pena. Maldita sea, que banal, tópica y cursi me siento escribiendo esto, pero es que sino... ¿qué hago? ¿Me callo? No estoy acostumbrada. Es un poco como el verano, nadie sabe muy bien para que existe, ni que hacer con él, nada de lo que se construye en ese tiempo ni sirve para nada ni llega a nada, y sin embargo, cuéntame, ¿no lo espera todo el mundo? Empiezo a pensar que el invierno perpetuo no es tan mala idea. Lamento constante y raíces sólidas; entonces no desaparecería todo lo que, de antemano, se sabe que va a desaparecer.
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