sábado, 4 de septiembre de 2010

Tres.

En su recuerdo vió las paredes decoloradas, que habían llegado a ese indefinido tono gris, que mas bien parecía sucio. Las molduras del techo, antiguas y clásicas, pero de un modo agradable, inspirándote una rara confianza, como de casa de abuela. La lámpara sesentera, redonda y blanca; apagada, siempre apagada. Su mirada descendió hasta el suelo, la moqueta color arena... Periódicos viejos apilados en una esquina, junto a una columna de valiosos vinilos olvidados, que ella misma rescataría tiempo después. Le vino a la mente el olor del amor, de la humildad de la juventud y las historias arrolladoras. La cama con su colcha desgastada, las sábanas no demasiado ásperas, y su silueta en la penumbra, tendida sobre ellas. Buf, que fácil era recordar. La estantería de pino, cargada de volúmenes clásicos, de esos que antaño se leian, y, en menor medida, de objetos típicos pero curiosos, provenientes de los escasos viajes que se hacían en aquella época. El escritorio, siempre vacío, siempre eterno...
Visualizó el reflejo de ambos en el espejo.
- Somos idiotas.
- ¿Confías en mi?
- Confío en el amor que sientes.
Pero ya no rememoraba con precisión aquellos detalles, solo recordaba el aliento del que había quedado impregnado el aire.

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