Me fui de viaje a Burdeos, al sur de Francia, una ciudad treméndamente romántica, donde la gente se sienta en las orillas del río a cenar y beber vino, y de pronto, cuando este comienza a hacer efecto, echan la cabeza hacia atrás y ríen a carcajadas, sin miedo a derramar su copa de plástico. En ese pequeño París de sabor afrutado, tuve tiempo para pasear y dejar guiar mis pasos a su suerte, mientras pensaba en otra cosa. Pensaba en que es eso de tomar la vía fácil. Las carreras fáciles normalmente no tienen demasiadas salidas, o las tienen malas. El dinero fácil suele traer consecuencias terminales, o suele desaparecer igual de rápido de lo que ha venido. El sexo fácil no aporta absolutamente nada una hora después. La comida fácil engorda. Los amigos fáciles sólo sirven para ir a tomar copas.
No me gustan las situaciones difíciles, no las busco. Sin embargo, los caminos fáciles, las soluciones fáciles, también tienen sus consecuencias. Normalmente no tienen demasiadas, simplemente tienen una, o dos como mucho. Pero suelen ser rotundas, concluyentes, absolutas, irrevocables. Perdón por el símil fácil, pero se abre un camino sin salida, sin vuelta atrás. Esa es la solución cómoda, destruir con dinamita. En un momento está y al siguiente no, y no se puede volver a construir igual, ni se puede rehabilitar, porque ya no existe. Resuelto.
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