En aquella ciudad que la gente detestaba, que sólo los locales piropeaban, en donde lo único bonito eran las lamas de madera que acompañaban a los barcos, la barandilla que no oscilaba con el viento, las playas del extrarradio inundadas de todos esos que no querían ni saber de la ciudad que alimentaba a toda la comarca. Y allí, en aquella urbe industrial, gris, moderna y proletaria alcanzó una especie de nirvana. Algo que hacía que por fin consiguiese separar los dos conceptos, e identificar que sensación iba con cada cual. Donde estaba la amistad y donde estaba el... ¿amor? Bueno, lo que sea. (He vuelto a escribir tartas) Y todo tenía muchísimo más sentido entonces, y resultaba tranquilizador tener esa esperanza y entender esos últimos años. Esa sabiduría total, con vejez prematura, un entendimiento universal, ahí de repente, en la puerta de un bar. Muy Sabina todo, cigarro en mano, confusísimo. Escena de cine español malo. Eso era lo que ella estaba protagonizando. Y, sin embargo, en esa calle abarrotada de alcohólicos que no saben que lo son, descubrió algo que no tenía ni puta idea de que era, que la sosegaba y que la dejaba aceptar lo que quería y descubrir lo que no.
No había pelis de los ochenta, ni cigarrillos, ni pelirrojas con pecas, ni drogas, ni cámaras, ni ortodoncias, ni mesas de mezclas, ni ropa verde menta, ni estampados geométrico-surrealistas, ni baños cutres con alicatado blanco, ni whisky, ni modernos diciendo chorradas, ni católicos diciéndolas más grandes, ni preservativos, ni tíos buenos, ni dictadores, ni acciones de bolsa, ni caldos ácidos.
Había amigos y la sensación esa de estar hablando y no saber que dices y sólo hablar porque si te callas igual se va.
Y al tercer día resucitó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario