sábado, 16 de julio de 2011

Diecisiete.

Metió la llave en la puerta, la giró suavemente y empujó. Sin resultado. La saco y volvió a encajarla, giró un par de veces a la izquierda y la puerta cedió. Tiró la maleta al suelo y salió a la terraza, grande, sobre una bahía poco urbanizada, y dejo caer los brazos sobre la barandilla de metal blanca. Respiró un par de veces e inclinó la cabeza hacia atrás. Se dio la vuelta y guió sus pasos a la pequeña habitación, donde se dejó caer sobre la cama; estaba blanda, con un colchón de calidad, caro, y un edredón mullido.
Estaba enormemente cansada, y se le mezclaba el agotamiento con un fondo de resaca, y ese revoltijo fabricaba pensamientos extraños, algo paranoicos, en el que cada gesto, y más aun cada ausencia de esos gestos, llegaba a escribir una historia durmiente. Apoyada en una pila de cojines de funda blanca, adornados con iniciales ininteligibles bordadas, su cabeza bailaba entre sueño y despertar, dormitando la tristeza que se iba acumulando sigilosamente, a traición. Como un pequeño insecto tropical, había introducido una semilla imperceptible hacía tiempo, y el aire fresco que entraba por aquellas viejas ventanas abatibles la llevaba a encogerse sobre sí misma, rindiéndose así a la simbiosis entre melancolía e inquietud, dejando los ojos nublados mirar hacia la nada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario