Le dijeron que tenía que estudiar para poder hablar de aquella esfera sopesando sus palabras antes de pronunciar una sola, que debían caer lentamente como en un otoño temprano después de largos años rodeada de color beige. Le dijeron también que un día amaría hasta que doliese y entonces su vida carecería de sentido, tendría entonces la sabiduría suficiente para valorarla y después rechazarla, o entregarla por los cimientos de un arduo futuro con un cincuenta por ciento de posibilidades de fracaso, por estadística y experiencia matemática, calculada y carente de errores. Le dijeron que llegaría un momento en que pisaría el producto de su esfuerzo, sin connotaciones negativas, sino literalmente; y se sentiría orgullosa del fruto de sus elecciones. Le dijeron que resolvería dos misterios cruciales que la harían morir con el sentimiento del trabajo bien hecho y la vida cumplida. Le dijeron que, de mayor ya viajaría hasta los confines del mundo si quería, que se maravillaría de palacios de cristal y mares infinitos y que podría apreciarlos y entenderlos con sus conocimientos alcanzados. Le dijeron que lo que consideraba buena música desaparecería para dar paso a sonidos chirriantes y bombillas de bajo consumo. Le dijeron que las noches serían siesta, los amigos ropa de ciclista, las madres hijas, los sacrificios pura rutina.
Y partió el mundo en dos, como pocos antes, como muchos ahora, como quizá la mayoría algún día.
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