domingo, 24 de octubre de 2010

Siete.

Entornó un instante los ojos, que habían recuperado algo de esa luz plateada. Caminó lentamente por el puerto, con pasos inseguros, con miedo por esa extraña sensación de no sentir que se caía. Paraba de vez en cuando a recuperar el aliento, a pesar de que no sentía ningún cansancio. Pero todo era culpa de ese terror con el que se escondía. En aquellas horas nocturnas podía sonreir sin que la vieran, sin que la culparan por brillar un instante. Parecía que había encontrado el modo de comportarse de un modo racional, y le dolía. Echaba de menos los impulsos y la melancolía. Estaba llena de sensaciones conocidas, y lamentablemente no demasiado intensas, lo justo para acariciar la normalidad, ese maldito enemigo suyo. No había perdido su personalidad, solo tenía que buscarla si quería, pero suponía demasiado esfuerzo. Y, joder, le venía bien un poco de estabilidad. Sólo por esta vez, se dijo. Y siguió caminando.

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